Ayer fui al cementerio con mi madre, inspección de rutina en vista de las visitas obligadas por el judeocristianismo del fin de semana que viene.
Aunque yo estaré más con el rollo anglosajón de halloween por los parises con mi mujer, acompañé a mi madre para ayudarla a limpiar las lápidas de los familiares que tiene/tenemos por allí. A pesar del yuyu que me da pensar en que estoy rodeado de cuerpos de gente muerta en procesos de descomposición, aprendí cosas como que mi madre está pagando desde los 30 años una cuota mensual a una funeraria con la que tiene un contrato vitalicio para costear los costes de las muertes de toda mi familia, incluída mi abuela, que ya se ha ido, mi padre, mi hermano, ell amisma y yo.
Es sorprendente, ese señor que me atemorizaba cada mes cuando contestaba el telefonillo con mi inocente: "quién es?", respondiendo: "los muertos...", era un asalariado de la funeraria la milagrosa...
Lo mejor es que si al final alguno de tus familiares cubiertos por la cuota tarda mucho en morir, como el caso de mi abuela, una vez fallecido te rebajan la cuota, y así un montón de variables (espacios en propiedad en los cementerios, incineración, lápidas compartidas, etc....) que me pusieron un cuerpo que pa qué.
No sé a vosotros, pero a mi se me juntó la sensación de inquietud por pagar a señores para que luego te entierren o lo que sea que te hagan, con la sensación reconfortante de que mi madre tiene todo atado y bien atado incluso cuando ya no esté.
Y va y, ante mi pregunta de "porqué?", me dice: "son cosas de pobres, emilio!"