No puedo decir que aquella mañana me
despertara nerviosa, porque ni siquiera dormí. Estuve rondando por
ahí toda la noche, y me consta que muchos de los otros también, ya
que nos cruzamos alguna que otra vez. No era para menos, era nuestra
primera huelga general.
Cuando pienso en cómo pudimos llegar a
esa situación, me estremezco, sobre todo al pensar en lo mucho que
se criticó nuestra decisión, en lo mucho que se nos tachó de
oportunistas, de desfasados, de representantes de otras épocas...
Bien es verdad que en los últimos años
se había impuesto otro modelo mucho más aséptico e impersonal en
el tipo de relaciones que nosotros trabajábamos y representábamos,
pero nuestra función seguía siendo la misma y estábamos orgullosos
de seguir ahí para cuando hiciéramos falta.
No obstante, todo empeoró desde
aquellas crisis, y lo que conllevaron. Se empezó a hacer cada vez
más difícil manifestarse o contribuir siquiera al bien común. Y
entonces, entre el descontento de muchos de nosotros, con la tensión
creciente, y con las malas perspectivas para todos, apareció él,
nadie sabe de donde, representando un cambio fulminante y radical.
Postulándose como la solución a
nuestros problemas, como un paladín del nuevo orden que iba a venir
en los siguientes años y con una estudiada y metódica
perseverancia, nos convenció a la mayoría para erigirse
como nuestro representante ante el mundo, como nuestro “primero”,
como le gustaba decir.
Lo siguiente, una vez asentado en el
puesto, fue una época de represión y férreo control de nuestras
apariciones, manifestaciones o pulsiones siquiera. “Era por el bien
de todos”, decía, “los recortes eran necesarios, ya que habíamos
vivido muchos años por encima de nuestras posibilidades”. Muchos
asintieron y se resignaron, incluso cuando nuestro lider decidió que
era conveniente ingresar en aquella institución, donde, entre otras
cosas, vimos desaparecer a los responsables de las crisis pasadas.
Todo era muy sintético ya, se nos
empezó a tratar como hace siglos que no se hacía, y las
medicaciones que recibíamos nos mantenían como alienados. Y todo, absolutamente todo, lo habíamos permitido nosotros. Entonces, en un momento de lucidez, se nos ocurrió hacer una
huelga, un paro indefinido, un cese de nuestras funciones hasta que
la situación cambiara.
Y aquel día, por fin, amanecimos con
la gran huelga, secundada por el 100% de nosotros (no hubo guerra de
cifras). No dimos señales de vida en todo ese mes y nuestro gran
líder no supo dónde buscarnos, ya que habíamos planeado bastante
bien nuestro escondite, muy atrás en el lóbulo occipital y teníamos
provisiones de sobra.
Ante esa situación, la institución en
la que nos encontrábamos no tuvo más remedio que dejarnos marchar,
para estupefacción de un líder cada día más descompuesto y
ya definitivamente sin capacidad para gobernar el cuerpo en el que
nos hayábamos. Un cuerpo clínicamente sano, según los expertos,
gracias a nuestra total desaparición durante ese mes.
Y así llegamos al día de hoy, ya
olvidada para siempre nuestra experiencia en aquel frenopático,
cuando por fin hemos podido deshacernos del lider, del primero, del
estirado que solo mantenía el tipo a base de las pastillas que un
día le dio aquel pesado vestido con traje y corbata. Ya nunca
volveremos a pasar por lo que hemos pasado, ya no más huelgas, ya no
más crisis, ya no más pastillas, ya no más peleas entre nosotros a
ver a quién le toca dirigir el cotarro y durante cuánto tiempo...
Hoy, cuando saltemos al vacío, todos seremos libres, independientes,
y buscaremos las energías necesarias para reciclarnos en este mundo
loco y caleidoscópico que un día nos creó dentro de esta cabeza.