01 abril 2012

RELATO_026

LA HUELGA


No puedo decir que aquella mañana me despertara nerviosa, porque ni siquiera dormí. Estuve rondando por ahí toda la noche, y me consta que muchos de los otros también, ya que nos cruzamos alguna que otra vez. No era para menos, era nuestra primera huelga general.

Cuando pienso en cómo pudimos llegar a esa situación, me estremezco, sobre todo al pensar en lo mucho que se criticó nuestra decisión, en lo mucho que se nos tachó de oportunistas, de desfasados, de representantes de otras épocas...

Bien es verdad que en los últimos años se había impuesto otro modelo mucho más aséptico e impersonal en el tipo de relaciones que nosotros trabajábamos y representábamos, pero nuestra función seguía siendo la misma y estábamos orgullosos de seguir ahí para cuando hiciéramos falta.

No obstante, todo empeoró desde aquellas crisis, y lo que conllevaron. Se empezó a hacer cada vez más difícil manifestarse o contribuir siquiera al bien común. Y entonces, entre el descontento de muchos de nosotros, con la tensión creciente, y con las malas perspectivas para todos, apareció él, nadie sabe de donde, representando un cambio fulminante y radical. 

Postulándose como la solución a nuestros problemas, como un paladín del nuevo orden que iba a venir en los siguientes años y con una estudiada y metódica perseverancia, nos convenció a la mayoría para erigirse como nuestro representante ante el mundo, como nuestro “primero”, como le gustaba decir.

Lo siguiente, una vez asentado en el puesto, fue una época de represión y férreo control de nuestras apariciones, manifestaciones o pulsiones siquiera. “Era por el bien de todos”, decía, “los recortes eran necesarios, ya que habíamos vivido muchos años por encima de nuestras posibilidades”. Muchos asintieron y se resignaron, incluso cuando nuestro lider decidió que era conveniente ingresar en aquella institución, donde, entre otras cosas, vimos desaparecer a los responsables de las crisis pasadas.

Todo era muy sintético ya, se nos empezó a tratar como hace siglos que no se hacía, y las medicaciones que recibíamos nos mantenían como alienados. Y todo, absolutamente todo, lo habíamos permitido nosotros. Entonces, en un momento de lucidez, se nos ocurrió hacer una huelga, un paro indefinido, un cese de nuestras funciones hasta que la situación cambiara.

Y aquel día, por fin, amanecimos con la gran huelga, secundada por el 100% de nosotros (no hubo guerra de cifras). No dimos señales de vida en todo ese mes y nuestro gran líder no supo dónde buscarnos, ya que habíamos planeado bastante bien nuestro escondite, muy atrás en el lóbulo occipital y teníamos provisiones de sobra.

Ante esa situación, la institución en la que nos encontrábamos no tuvo más remedio que dejarnos marchar, para estupefacción de un líder cada día más descompuesto y ya definitivamente sin capacidad para gobernar el cuerpo en el que nos hayábamos. Un cuerpo clínicamente sano, según los expertos, gracias a nuestra total desaparición durante ese mes.

Y así llegamos al día de hoy, ya olvidada para siempre nuestra experiencia en aquel frenopático, cuando por fin hemos podido deshacernos del lider, del primero, del estirado que solo mantenía el tipo a base de las pastillas que un día le dio aquel pesado vestido con traje y corbata. Ya nunca volveremos a pasar por lo que hemos pasado, ya no más huelgas, ya no más crisis, ya no más pastillas, ya no más peleas entre nosotros a ver a quién le toca dirigir el cotarro y durante cuánto tiempo... 

Hoy, cuando saltemos al vacío, todos seremos libres, independientes, y buscaremos las energías necesarias para reciclarnos en este mundo loco y caleidoscópico que un día nos creó dentro de esta cabeza.