30 marzo 2014

RELATO_030

STOKE


Esta mañana, como tantos otros sábados, he recorrido la carretera de hartshill, una de esas carreteras que cambian su inclinación según tu estado de ánimo.

Hoy, me parecía cuesta abajo, mientras adelantaba por la izquierda a mil y un coches y taxis oliendo a oriente y con acentos de kashmir.

En mi cabeza el único pensamiento era seguir las estelas plateadas de las babosas, que los rayos de sol dibujaban en el asfalto.

Casi llegando al trent, antes de adentrarme en la pista peatonal, he empezado a notar puntos húmedos en los cristales de las gafas.

Estaba lloviendo.

Mi visión se ha convertido en caleidoscópica a poco menos de una milla para llegar a los allotments, así que he decidido acabar el trayecto a pie, no fuera a ser que acabara con mis huesos en el fondo del canal.

La lluvia era fina, finísima, casi imperceptible, si no fuera por las gotas concentrándose y cayendo por la bisera de la gorra.

Como era de esperar, ha durado algo menos de 5 minutos, justo el tiempo necesario para atravesar la marina y entretenerme ayudando a una pareja a cruzar las esclusas debajo de la carretera nueva de shelton.

Después, he montado otra vez en la bici y he cruzado el cementerio de hanley, por la calle por la que solo circulan los taxis cuando más prisa tienes por llegar a coger un tren.

Al pasar por el centro, he saludado al dueño del glebe, que estaba fumando en la puerta, como siempre, y me he parado en el white star a comprar unos pretzels de esos picantes como el infierno.

Me he quedado embobado otra vez mirando el retrato del capitán del titanic, infausto vecino de estos lares, fantasma presente en conversaciones de barra entendidas a medias, y que da aroma a las ales que sirven en el local.

He llegado a la calle fletcher unos minutos más tarde, con las pantorrillas acribilladas de restos de agua y barro disparados desde las ruedas de la bici. He saludado a Peter, y al vecino de al lado, cuyo nombre nunca recordamos, pero que siempre nos da uvas y lechugas, y me he agachado a recoger lo que parecían las primeras fresas del año.

No he podido resistirme a darle un bocado a una, y justo entonces me ha invadido esa sensación de plenitud, melancolía y acidez que acude a uno cuando sabe que hace algo por última vez.