STOKE
Esta mañana, como tantos otros sábados, he recorrido la carretera de hartshill, una de esas carreteras que cambian su inclinación según tu estado de ánimo.
Hoy, me parecía cuesta
abajo, mientras adelantaba por la izquierda a mil y un coches y taxis
oliendo a oriente y con acentos de kashmir.
En mi cabeza el único
pensamiento era seguir las estelas plateadas de las babosas, que los
rayos de sol dibujaban en el asfalto.
Casi llegando al trent,
antes de adentrarme en la pista peatonal, he empezado a notar puntos
húmedos en los cristales de las gafas.
Estaba lloviendo.
Mi visión se ha
convertido en caleidoscópica a poco menos de una milla para llegar a
los allotments, así que he decidido acabar el trayecto a pie, no
fuera a ser que acabara con mis huesos en el fondo del canal.
La lluvia era fina,
finísima, casi imperceptible, si no fuera por las gotas
concentrándose y cayendo por la bisera de la gorra.
Como era de esperar, ha
durado algo menos de 5 minutos, justo el tiempo necesario para
atravesar la marina y entretenerme ayudando a una pareja a cruzar las
esclusas debajo de la carretera nueva de shelton.
Después, he montado otra
vez en la bici y he cruzado el cementerio de hanley, por la calle por
la que solo circulan los taxis cuando más prisa tienes por llegar a
coger un tren.
Al pasar por el centro,
he saludado al dueño del glebe, que estaba fumando en la puerta,
como siempre, y me he parado en el white star a comprar unos pretzels
de esos picantes como el infierno.
Me he quedado embobado
otra vez mirando el retrato del capitán del titanic, infausto vecino
de estos lares, fantasma presente en conversaciones de barra
entendidas a medias, y que da aroma a las ales que sirven en el
local.
He llegado a la calle
fletcher unos minutos más tarde, con las pantorrillas acribilladas
de restos de agua y barro disparados desde las ruedas de la bici. He
saludado a Peter, y al vecino de al lado, cuyo nombre nunca
recordamos, pero que siempre nos da uvas y lechugas, y me he agachado
a recoger lo que parecían las primeras fresas del año.
No he podido resistirme a
darle un bocado a una, y justo entonces me ha invadido esa sensación
de plenitud, melancolía y acidez que acude a uno cuando sabe que
hace algo por última vez.