Piensa global, actúa local!
Era lo que nos decían nuestras redes
sociales a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando
nosotros éramos micos y nos iniciábamos en el activismo.
Porque nosotros también teníamos
redes sociales: teníamos nuestros grupos de acción católica;
teníamos nuestros grupos ecologistas, teníamos a nuestros
norteamericanos de intercambio; teníamos nuestros locales de
ensayo...
Así, encoraginados por nuestras
fuentes, que para nosotros eran fiables y de primera mano,
realizábamos ejercicios de asimilación de conceptos mundanos, los
catalogábamos entre el bien y el mal, interiorizábamos las
consecuencias de no luchar por ello si creíamos (inculcados por
nuestros gurús) que era injusto y después planificábamos qué
hacer: salíamos con las bicis a pedir respeto para los ciclistas
urbanos; montábamos una exposición en el instituto sobre
intolerancia y racismo; acudíamos a entorpecer la detención de
alguien que se oponía a cumplir el servicio militar obligatorio y su
sucedáneo social sustitutorio, o nos sentábamos durante una mañana
entera en la calle para protestar ante una subida en los precios de
las tasas universitarias.
Nuestro proceso para llegar al
activismo era más lento que en la actualidad, pero era concienzudo y
le otorgaba cierto respaldo moral a lo que hacíamos.
Desde que empezó todo el follón del
vídeo de Koni, que para el que no lo haya visto, es un documental
realizado por la organización estadounidense Invisible Children que
denuncia una situación de violencia (especialmente ejercida sobre
niños) protagonizada por Joseph Koni en Uganda, me empecé a
preguntar por los resortes que hacen saltar mi/nuestro activismo en
la actualidad.
El lema puede ser: piensa local,
conviértelo en global, actúa global; si bien la última parte la
mayoría de las veces se ciñe (hablo en primera persona) a
retuitear, repinear, compartir en mi muro, darle a me gusta, añadir
a favoritos, etc.
Así, me he visto inmerso en la maraña
del anti-intelectualismo que nos acucia: hay que actuar, hay millones
de causas esperando a ser atendidas por nuestras conciencias y,
además, gracias a las nuevas redes sociales puedes sintetizar el
proceso de interiorización, catalogación o asimilación y
simplemente dedicarte al activismo.
Y aquí es donde para mi viene el
problema: esa síntesis previa al momento de actuar nos lleva al meme de la red, o, lo que es lo mismo, a que el fragmento de información
necesario para que actúemos sea cada vez más pequeño y más
sustentado en el número de personas que ya han apoyado la causa de
marras.
Además, los memes tienden a
simplificar un poco los conceptos de los que tratan, cosa normal ya
que tienen que sintetizar, como decía, muchos datos de contexto,
causas, consecuencias y antecedentes en algo que se pueda compartir
por internet y que pueda ser digerido y convertido en resorte en pro
del activismo. Para ello, normalmente, acuden al maniqueismo, a la
Ley de Godwin o a las pulseras (paragón de mercadotecnia) como
mecanismo de identificación.
Aquí es donde me planto, prefiero
volver a mi eslogan ochentero teniendo en cuenta que ese señor
ugandés es un grandísimo hijo de puta (que ya no está en uganda, y
cuyo ejército ya casi no existe) que merece el peso de la ley
internacional sobre él; que no será Invisible Children quien
resuelva el problema de la ultrapobreza ugandesa, ni siquiera ahora
que saben que en el norte del país se haya el mayor yacimiento de petróleo de la zona; que puede que, en cambio, Invisible Children,
invierta los millones de dolares generados por la campaña de
marketing del vídeo en editar más material sensibilizador o
formativo que llevar a uganda, en el que expondrán y defenderán sus
tesis creacionistas entre otras.
Pues eso, yo mientras echaré una mano a aquel que me lo pida, ayudaré a mis amigos ciclistas urbanos a hacerse más visibles, compraré en las tiendas de mi barrio
(ver foto), usaré el coche lo menos posible, reutilizaré los envases de plástico que pueda, no malgastaré absolutamente nada, denunciaré aquello que me parezca denunciable y consumiré lo justo y
necesario. Aunque a veces me tendré que saltar el guión por culpa
de mi hedonismo... ustedes, y la gente que lo pasa peor que yo,
perdonen.